Friday, February 17, 2006

El pez por la boca muere.

Nota: es una prueba, despuès lo publico corregido


El pez por la boca muere.


En el año 200l, ...reelección de alak, el municipio platense lanzó un programa cultural ambicioso, que contiene concepciones de política cultural muy discutibles pero que, en general, no desentona con las propuestas más consensuadas en la actualidad.
Un balance de los logros, a cinco años de su formulación, lo revela como otro discurso políticamente correcto que la realidad cultural de la ciudad desmiente punto a punto.

Recordemos los conceptos dominantes del programa:

“La Plata Cultura es un plan estratégico de acción continua, dialogada, participativa, que respeta la diversidad e instrumenta la inclusión social, favorece el desarrollo creativo y la promoción de sus creadores y coordina el desarrollo del turismo de la ciudad. Administra y gestiona los recursos públicos y co-gestiona con los Privados, se propone lograr el acceso a la cultura de la mayoría, sin discriminación alguna y promover la libertad expresiva.”

Administración y gestión de recursos son actividades necesarias pero no las que distinguen una política cultural municipal del manejo de un banco. Por eso nos interesa centrar el análisis en la idea de inclusión social, acceso a la cultura y no discriminación, aspectos de una democracia cultural cuyo despliegue implica centrar todos los esfuerzos en asegurar el acceso de la población a la producción y el consumo de bienes culturales.
El cotejo con la realidad demuestra que este ideal está bastante alejado de las políticas culturales expresas e implícitas de la actual administración comunal, puesto que ésta tiene una tendencia a considerar a la cultura como un "adorno" prestigioso de la tarea de gobierno o como una actividad del tiempo libre, relacionada con el ocio y el entretenimiento y separada de los espacios de la vida cotidiana como el trabajo, la escuela o las organizaciones voluntarias. Es típico de esta concepción el énfasis puesto en espectáculos masivos de rápido rédito en repercusión y nulo impacto a largo plazo (los mega recitales a cargo de bandas capitalinas por lo general, para festejar el aniversario de la ciudad) y el mantenimiento de una oferta cultural sin mayor preocupación por generar en la población las disposiciones para el acceso a esa oferta y a la producción.
La práctica de ofertar formación a la ciudadanía en general (los cursos pagos del pasaje Dardo Rocha, digamos) a partir de una concepción falsamente democrática que no comprende que una de las consecuencias de la exclusión social es la exclusión cultural da la medida de la distancia que va del discurso a la concepción real de la política que lo lleva adelante. Grandes franjas de la sociedad no acceden al consumo y la producción de bienes culturales, no sólo por imposibilidad material, sino por falta de disposiciones necesarias para llegar a desear esos consumos. A disfrutar del ballet, digamos, se aprende. Un espectáculo de ballet con entrada gratis no garantiza el interés del publico. Los marginados no van y los refinados se confirman en su refinamiento y en el fatalismo del desinterés de los marginados.

Esto nos lleva a la idea de descentralización, o, como lo contempla el programa del actual gobierno en el punto cuarto de sus objetivos: “Promover la gestación de nuevas centralidades en los barrios.”

Una tarea fundamental para acrecentar la oferta simbólica a la que accede la población, en particular con alternativas a la oferta de los medios masivos, y generar las disposiciones necesarias, que de ningún modo son innatas, hacia la cultura. Es necesario desarrollar centros culturales barriales, apoyar los existentes y crear nuevos donde sea necesario

Por desgracia, nos encontramos otra vez con que la realidad niega el discurso. Acaso por la contigüidad muy discutible del turismo con la cultura que se nota en el discurso oficial y la necesidad de conseguir el estatuto de patrimonio cultural de la humanidad para la ciudad, todas las acciones culturales se limitan al centro o al casco urbano, se gasta más en farolitos, ramblas adornos de dudoso gusto para embellecer el centro que en políticas de inclusión para la juventud que vegeta en las afueras a la vera de los massmedia que conforman la única oferta simbólica accesible. Para todo el que vive en un barrio por fuera del casco urbano, esto es evidente.

Hemos hablado de las ausencia de obras, sin embargo, nada da mejor la idea de distancia que existe entre la concepción y la práctica que aquellas obras que se han concretado pero, concebidas como mera formalidad, fueron vaciadas de su razón de ser. Tienen el mérito de ilustrar lo que podría llegar a hacerse desde una concepción democrática real.
El caso más lamentable es el de la editorial municipal. Porque a pesar de que el grueso de la población lo ignora, existe una editorial de la Municipalidad de La Plata que, en sus comienzos, publicaba bastente. Sin embargo, como se ha dicho, casi nadie sabe que existe porque no distribuye los textos que publica, no impulsa la participación general porque se maneja con criterio discrecional, no promueve la lectura ni el conocimiento del patrimonio literario platense porque no articula con clubes, bibliotecas, ni escuelas de la ciudad en las que muchos alumnos no pueden acceder a libros.
En definitiva, no es más que un asiento contable y otro renglón en la lista de presuntos logros de la gestión.

Para terminar, vale dirigir la atención a la estructura actual del área de Cultura en la Municipalidad. Otros ideales democráticos fallan ahí, donde se superponen direcciones sin ningún criterio aparente, sin comunicación mutua, en el olvido de que es imprescindible concentrar las informaciones que se manejan en diversos sectores de la propia Administración Municipal, así como en otras instituciones para generar nuevos datos acerca del uso de las instituciones existentes y las expectativas y necesidades culturales de la población. Así como faltan datos del presupuesto cultural discriminado por áreas, faltan datos sobre consumos culturales, uso de los recursos municipales o rendimiento escolar, que son centrales para construir políticas y planificar. Sin datos, las políticas públicas en cultura tienden a la superposición, a la distribución regresiva de los recursos --en tanto subsidio a los privilegiados por la educación-- o a ser manejadas por el gusto de los administradores.
Sólo diagnósticos adecuados permiten salir de la tensión entre el fracaso de voluntarismos bien intencionados y el abandono de la política cultural a las fuerzas del mercado.

Una crítica exhaustiva del programa municipal excedería el espacio que ofrece este peródico, sin embargo, con lo visto hasta aquí no parece irrazonable afirmar que existe una brecha entre lo que manifiesta como deseos y los móviles de la práctica efectiva de gobierno. Una falta de vocación real para democratizar el acceso a la cultura que se tapa con la creación de sellos de museos en el pasaje dardo rocha o el embellecimiento del Coliseo Podestá, ejemplo clarísimo de organismo estatal que no presta ningún servicio a la comunidad más allá del de servir como sala de alquiler a empresarios privados.


Una política cultural democrática debe favorecer la discusión de la sociedad sobre sus conflictos, no encerrar esa discusión en los espacios tradicionalmente dedicados a la cultura y en los agentes tradicionalmente dedicados a la producción cultural. Por eso, dejamos al lector interesado la tarea de seguir cotejando los dichos con los hechos y lo invitamos a participar del debate sobre la política cultural que queremos para nuestra ciudad.

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